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Animarse a entrar en el dolor

  • hace 6 días
  • 3 min de lectura

A partir de una experiencia de profunda tristeza, de esas que nos llevan hacia los lugares más oscuros de nuestro mundo interno, aparece una invitación: no escapar del dolor, no taparlo ni buscar rápidamente una explicación, sino animarnos a entrar en él.


Cuando algo nos desborda, muchas veces creemos que el problema está en la situación que ocurrió o en la persona que tocó nuestra herida. El otro puede juzgarnos, rechazarnos, criticarnos o hacernos sentir que nuestra manera de ser es demasiado intensa, incómoda o equivocada. Sin embargo, cuando nos atrevemos a ir más hondo, podemos descubrir que detrás de la mirada del otro hay algo todavía más profundo: el miedo a ser nosotros mismos.


¿Qué pasaría si me mostrara tal como soy? ¿Me seguirían queriendo? ¿Molestaría? ¿Lastimaría a alguien? ¿Sería demasiado? ¿Quedaría afuera? ¿Podría sostener la crítica, el fracaso o la desaprobación?


Desde muy pequeños aprendemos a reconocer qué partes nuestras son aceptadas y cuáles generan tensión en los demás. Para pertenecer, empezamos a guardar la espontaneidad, la sensibilidad, la potencia, la voz, el deseo o el fuego. Nos amoldamos, corregimos nuestros gestos, medimos nuestras palabras y construimos una forma de ser que nos permite relacionarnos y avanzar en la vida. Pero, en algún lugar profundo, permanece la sensación de que debemos cuidarnos de algo propio.


Entonces buscamos la validación externa. Creemos que nuestra herida es la mirada del otro, cuando quizá esa mirada sólo revela un miedo anterior: si necesito que alguien me confirme que está bien ser quien soy, es porque todavía hay una parte de mí que teme habitarse plenamente.


Entrar en el dolor permite encontrarnos con esa parte que quedó escondida. No se trata de abandonar la vida cotidiana ni de arrastrar a los demás hacia nuestros procesos emocionales. Podemos seguir trabajando, cuidando nuestros vínculos y ocupándonos de lo que necesita ser atendido, mientras reservamos momentos de intimidad para llorar, escribir, meditar, expresarnos o simplemente permanecer junto a lo que sentimos.


Tampoco necesitamos comprenderlo todo de inmediato. A veces, lo primero es permitir que la emoción circule. Lo que se guarda no desaparece: queda en el cuerpo, en nuestros vínculos y en las respuestas que repetimos. En cambio, cuando dejamos de resistirnos, el dolor comienza a mostrar la información que contiene.


Las situaciones y las personas que nos rodean muchas veces actúan como espejos: tocan el lugar donde todavía hay una herida viva. Podemos culparlas, discutir, alejarnos o intentar controlar lo que sucede, pero el dolor seguirá con nosotros hasta que decidamos atenderlo. La vida volverá a presentarnos esa misma fricción, de distintas maneras, no para castigarnos, sino para ayudarnos a ver aquello que todavía necesita ser integrado.


En el fondo de cada herida hay una parte de nuestro poder que quedó detenida. La sensibilidad que ocultamos, la voz que callamos, el fuego que temimos, la percepción que cerramos o la espontaneidad que aprendimos a controlar. Por eso, entrar en el dolor no consiste solamente en calmar un sufrimiento: también es liberar una potencia.


Recuperar ese poder no significa volvernos perfectos. Ser uno mismo no nos protege del error, de la crítica, del fracaso ni de la posibilidad de incomodar o desilusionar a alguien. Habitar nuestra verdad implica aceptar la fricción de estar vivos, aprender de la experiencia, reparar cuando sea necesario y no convertir cada equivocación en la prueba de que nosotros somos un error.


También podemos mirar de otra manera a quienes nos rodean. Detrás de las defensas, las reacciones y los conflictos de cada persona, quizá haya alguien escondido en el sótano de su propio corazón, protegiendo una parte de sí que todavía no se anima a mostrar. Comprenderlo abre un espacio de empatía: todos estamos intentando desprendernos de identidades construidas para acercarnos a lo que verdaderamente somos.


La invitación es a entrar en nuestros lugares más profundos sin miedo. No para quedarnos atrapados en la oscuridad, sino para encontrar allí lo que alguna vez dejamos guardado.


Porque, para entrar en nuestro poder, necesitamos entrar en nuestro dolor. Y cuando nos animamos a atravesarlo, la herida deja de ser solamente un lugar de sufrimiento y puede transformarse en una puerta hacia nuestra verdadera esencia.


Dejar de temer el poder del Espíritu es nuestro deber. Nuestro único deber.


 
 
 

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