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Nadie puede vivir por ti

hace 5 horas
3 min de lectura

Has venido solo al mundo. Es decir, fuiste engendrado en el vientre de tu madre, pero tu ser viajó, quién sabe de qué cielo o estrella, para infundir con tu cualidad y tu canto, aquel fruto de la unión de tu madre y tu padre.


Naciste solo. Aunque te hayan recibido algunas manos, asomaste tu solo tu cabecita para entrar de lleno en la aventura del vivir motivado por ti mismo. Tu corazón latía independiente del de tu madre y el acto de tomar tu primera inspiración fue tu bautismo, tu toma de vida en tu cuerpo independiente.


Si bien para sobrevivir alguien hubo de cuidarte, tu cuerpo y tu alma iniciaron unidos entre sí y separados del resto, una experiencia individual a ser vivida: tu vida.


Morirás también solo. Es decir, nadie puede hacer el tránsito por ti ni contigo. Deberás sumergirte en tu silencio y soledad más absolutos, tal como hiciste al nacer. No sabes qué hay después y, aunque muchos lo han contado, no calma la angustia de atravesar el umbral en completa soledad. No importa tampoco que alguien amado te reciba del otro lado. Ese momento es exclusivamente único e individual.


De manera que, si nadie puede nacer por ti ni morir por ti, nadie puede entonces vivir por ti.


Te pueden decir qué hacer, a dónde ir, qué creer, qué sueños seguir, qué ha de gustarte, qué has de decir y dónde o cómo vivir, pero nadie puede hacerlo por ti. Te podrán dar cosas, proveerte, decirte, acariciarte, guiarte, aconsejarte, llevarte y traerte, pero jamás alguien podrá vivir bajo tu piel. Por más que hables, nadie podrá entender realmente lo que sientes. Ni mucho menos lo que piensas.


Así que, estamos solos. En ese punto no entra ninguna compañía. Ni un padre, la pareja y mucho menos un hijo. Nadie puede entrar en tu círculo de intimidad, ahí no se puede pasar.

Por más de que algunas veces anheles que alguien lo haga y te arregle, te de o te quite, te diga hacia dónde ir o qué debes hacer con tu vida, ese espacio solo corresponde a ti. Tendrás que hacerte cargo, si quieres aprovechar este viaje que has hecho desde aquella estrella.


Del mismo modo, no puedes vivir la vida da nadie.


No solo no puedes, sino que no tienes derecho. No está entre tus potestades de entidad independiente encarnada que ha nacido sola y morirá sola. Así que todo intento que hagas de arreglarle la vida al otro, vivirla por el otro, decirle lo que ha de hacer, sentir o soñar, si ha de levantarse o soltar esto o aquello, será vano. No sirve. Ni a ti ni al otro.


Es un modo muy rebuscado de crearnos nuestro propio sufrimiento. Porque si quieres hacerte cargo de la vida del otro, entrar en su “círculo no se pasa” te toparás con  un paredón infranqueable y desgastarás tu vida en un acto sinsentido.


Más vale, úsala para acompañar al otro en presencia. Podrás ayudarle en alguna u otra cuestión, pero no quieras por favor controlar su vida. Así como no has nacido siendo el otro ni morirás en su piel, no podrás nunca vivir su experiencia vital. ¡Déjalo vivir la suya!  Aunque te desafíe, te duela, te preocupe. Pregúntate en el fondo cuánto de tu destino le has entregado al otro y quítale ese peso.


Si te has olvidado de ti por vivir por el otro, vivirás en eterna ansiedad esperando que aquellos a quién amas, estén bien y solo le ocurran cosas buenas para tú también estar en paz. Pero eso no pasará pues la vida, ya sabes, es otra cosa.


Si lo amas y de verdad te importa su vida, ocúpate de ti y de tus propias decisiones, dolores y desequilibrios escondidos. Así podrás estar frente al otro y aportarle luz con solo estar. En lugar de aportar exigencia y preocupación, aporta compasión y escucha. Es un acto de amor simple y no genera esfuerzo. No te cargas la vida de nadie ni te interpones antes nadie. Vives y dejas vivir. Acompaña y está cerca pero no ahogues al otro. Confía. Él también puede y ha de enterarse viviendo.


Así que pues, si de verdad amas a quien dices amar, ocúpate de tu vida. No te dejes solo. Recuerda que este viaje es contigo. Lo compartes hacia afuera con los demás, pero hacia adentro, solo estás tú.

 

 

 
 
 

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