Libra: la balanza de tu vida
¿Dónde estás poniendo tu energía?
Generamos nuestros propios desequilibrios sin darnos cuenta. Concentramos mucha energía en una dirección, insistimos en sostenerla cueste lo que cueste y dejamos otras partes nuestras sin atención. Así, podemos pasar del hacer al agotamiento, de la expectativa a la frustración, de intentar cambiar las cosas a sentirnos impotentes frente a ellas.
La imagen de la balanza nos invita a comprender este movimiento y a encontrar un nuevo eje desde el cual relacionarnos con lo que vivimos.
Equilibrar no es repartir todo por igual
La vida está en movimiento constante. Por eso, el equilibrio no puede reducirse a una fórmula fija de «una de cal y una de arena».
La balanza nos enseña a sopesar. Lo justo no siempre es dar la misma cantidad de tiempo, dinero o atención. Necesitamos comprender qué estamos poniendo en cada lugar, qué importancia tiene y qué necesita nuestra vida en este momento.
Nuestra energía se expresa en lo que hacemos, pensamos, sentimos y decimos. Muchas veces su distribución responde a la costumbre, a la inercia o a cómo se fueron desenvolviendo las circunstancias. Seguimos sosteniendo esa fórmula sin mirar si responde a lo que realmente queremos de corazón.
Las polaridades y la creación
La balanza representa también el juego entre fuerzas opuestas. En esta lectura energética, lo positivo y lo negativo no significan bueno y malo: representan una fuerza propulsora hacia afuera y una fuerza atractora y receptora hacia adentro, asociadas arquetípicamente con lo masculino y lo femenino.
La integración de las polaridades da lugar a la manifestación. El padre, la madre y el hijo expresan ese triángulo de vida: dos fuerzas que se unen y crean algo nuevo.
En nuestra vida, esa creación puede ser una nueva comprensión, una nueva mirada o una forma diferente de vincularnos con lo que nos pasa.
Pero pasar de un extremo al otro no significa integrar. Podemos seguir como un péndulo, presos del vaivén entre los platillos. La síntesis surge cuando logramos reconocer ambas fuerzas y crear, a partir de ellas, una posibilidad nueva.
Dónde ponemos nuestro eje
Cuando nuestro equilibrio depende de que algo suceda afuera, estamos poniendo allí nuestro eje: en que un proyecto prospere, en que una situación cambie o en que alguien nos valore.
Por ejemplo, si mi propio valor se cae cuando mi pareja no reconoce lo que me interesa, estoy depositando mi poder de valoración en su mirada. Al reconocerlo, puedo volver a escuchar mi voz y darle peso a lo que para mí es importante.
También puede suceder que, detrás de la urgencia por lograr independencia económica, haya un miedo al futuro o una resistencia a recibir ayuda. Comprender eso permite mirar de otra manera el sostén que recibo y la oportunidad que me ofrece para profundizar en lo que estoy creando.
La situación que ocupa toda nuestra atención puede contener algo que todavía no estamos viendo. Recuperar el centro requiere comprender qué está realmente en juego para nosotros.
Poner donde falta y quitar donde hay exceso
Hay dos movimientos posibles en esta balanza interior: poner energía donde falta y retirarla de donde está en exceso.
Poner puede significar incorporar reflexión, atención o valoración en algo que no estábamos considerando. Quitar puede ser disminuir la intensidad de una actividad o dejar de insistir.
Cuando estamos agotados de hacer por los demás, detenernos puede revelar nuestra dificultad para estar con nosotros mismos, permitirnos descansar o reconocer nuestro valor sin estar haciendo algo por el otro.
A veces necesitamos bajar la intensidad de un platillo para poder ver qué hay en el otro. Así se corre un velo y aparece una nueva comprensión.
La tranquilidad de aceptar la relación que tenemos
La balanza, símbolo de Libra, nos trae una oportunidad de reconocer el equilibrio como un desafío de conciencia que podemos atravesar en cualquier momento de nuestra vida.
Su virtud esencial es la tranquilidad, la armonía interna que resulta de reconocer y aceptar la relación que tenemos con una situación, una persona o un objeto.
Aceptar esa relación es el primer paso. No significa bajar los brazos: permite comprender desde dónde estamos viviendo lo que nos pasa y dónde podemos hacer un movimiento consciente.
Los platillos seguirán moviéndose porque la vida es dual. El equilibrio es dinámico. La posibilidad es recuperar nuestro centro, integrar lo que antes no veíamos y usar nuestro poder creador para encontrar una nueva manera de vivir lo que tenemos enfrente.

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