El vínculo contigo mismo: la plataforma de todos tus vínculos
Los vínculos son uno de los mecanismos que utiliza la vida para ayudarnos a descubrir quiénes somos. El otro nos desafía, nos incomoda, nos refleja y nos trae información sobre aspectos propios que muchas veces no podemos ver solos.
Frente a una relación que genera fricción podemos alejarnos, descartarla o comenzar otra. Pero cuando se trata de un vínculo profundo, el enlace permanece aunque exista distancia, aunque dejemos de ver a la persona o incluso aunque ya no esté físicamente.
Un vínculo es algo que nos enlaza. No depende solamente de nuestra voluntad ni de la frecuencia del contacto. Podemos mudarnos al otro lado del mundo para alejarnos de nuestra madre, nuestro padre, un hijo, un hermano o una persona con quien compartimos una parte importante de nuestra vida, pero ese vínculo continuará presente dentro de nosotros.
Por eso, desde una inteligencia espiritual, conviene preguntarnos qué trae ese vínculo a nuestra vida, en qué nos desafía, qué despierta y de qué manera habla de nosotros. Como decía Rolando Toro, creador de la biodanza: cuando miro al otro a los ojos, tengo noticias sobre mí.
El problema es que esas noticias no siempre nos gustan. Entonces culpamos al otro y creemos que el conflicto desaparecería si esa persona cambiara o saliera de nuestra vida. Pero la virtud de los vínculos profundos es precisamente que no podemos desecharlos tan fácilmente: nos obligan a encontrarles un orden y un lugar dentro de nosotros.
Antes del yo existe el otro
Cuando nacemos todavía no tenemos conciencia de nosotros mismos. Primero vemos al otro: la madre, el padre, los hermanos y el entorno. A través de esas miradas, presencias y experiencias vamos construyendo la percepción de quiénes somos.
Antes de tener conciencia del yo, existe un otro.
También descubrimos distintos aspectos propios gracias a las personas con las que nos relacionamos. Yo descubro cómo soy como madre a través de mis hijos. Descubro cómo soy como pareja, hija, hermana o amiga cuando aparece alguien que me devuelve información sobre esa parte de mí.
Existen vínculos de sangre, pero también relaciones largas que se transforman en verdaderos enlaces: parejas con una historia compartida, personas con hijos o creaciones en común y amistades atravesadas por una profunda sensación de pertenencia.
También estamos vinculados con nuestro hogar, la naturaleza, los animales, el dinero, el cuerpo, las emociones, los pensamientos y las situaciones que la vida nos presenta.
Pero, después de mirar mucho hacia afuera, necesitamos dar vuelta la mirada. Porque la plataforma desde la que vivimos todos los vínculos es la relación que tenemos con nosotros mismos.
El vínculo con el mundo físico
Podemos comenzar observando nuestro vínculo con la dimensión física y material.
¿Cómo me relaciono con mi cuerpo, mi apariencia, el dinero, las pertenencias, la alimentación, la salud, la enfermedad, la vejez y el deterioro físico?
Nuestra relación con el dinero puede estar atravesada por el miedo a la escasez, la culpa por tener, la sensación de no merecer o el rechazo hacia la materia. Pero tanto la abundancia como la escasez forman parte del movimiento polar de la vida.
El conflicto aparece cuando quedamos detenidos en uno de los polos. Si la escasez despierta miedo, enojo y ofuscación, podemos quedar atrapados allí, impidiendo que la vida recupere su movimiento natural entre expansión y contracción.
Lo mismo sucede con el cuerpo. Podemos combatirlo porque no responde a los modelos externos, porque cambia, porque enferma o porque no tiene la forma que creemos que debería tener. Pero el cuerpo no es solamente una apariencia: es una fuente de información.
Necesitamos devolverle su voz.
También podemos preguntarnos cómo nos vinculamos con la alimentación. ¿Comemos según lo que el cuerpo necesita o según una etiqueta, una moda o una creencia sobre aquello que deberíamos comer?
La información externa puede orientarnos, pero necesita ser verificada mediante la experiencia. Nuestro cuerpo es el que procesa el alimento junto con nuestras emociones, pensamientos, vínculos y circunstancias. Esa combinación es única.
Por eso, el vínculo consciente con el mundo físico requiere escuchar, experimentar y dejar de entregar completamente nuestra autoridad a lo que otros dicen que debemos hacer.
El vínculo con las emociones
Estamos enlazados permanentemente con nuestro mundo emocional. Aunque digamos «no siento nada», el cuerpo continúa sintiendo. Lo que puede suceder es que no registremos aquello que sentimos.
¿Cómo me vinculo con mis emociones?
¿Reconozco lo que me pasa?¿Lloro con facilidad o no lloro nunca?¿Expreso el enojo o lo guardo hasta que se convierte en rencor?¿Exploto hacia afuera o me recojo y me silencio?¿Qué emociones puedo habitar y cuáles me resultan insoportables?
No hay emociones buenas y malas. Cada una trae información. El miedo, por ejemplo, no significa que no tengamos valor. Puede estar ayudándonos a descubrir el valor que ya existe dentro de nosotros. ¿Cómo podríamos reconocerlo si nunca atravesáramos una situación que nos provoca miedo?
La vida se mueve entre polaridades. Habrá experiencias de dolor y de amor, de contracción y de expansión. En la medida en que podamos atravesar un dolor profundo, también ampliaremos nuestra capacidad para experimentar un amor y un placer profundos.
Si sólo toleramos un poco de dolor, también podremos recibir apenas un poco de amor.
Vincularnos conscientemente con las emociones no significa permitir que nos gobiernen. La emoción ofrece una información rápida y valiosa, pero insuficiente. Necesita ser observada y luego filtrada por una comprensión mayor.
Podemos reconocer lo que sentimos sin juzgarnos ni reaccionar inmediatamente.
Cuando aprendemos a habitar nuestro mundo emocional, también empezamos a mirar al otro de una manera distinta. Ya no respondemos solamente desde la reacción, sino desde la comprensión de que aquello que el vínculo despierta contiene información para nosotros.
Muchas veces, lo más valioso que el otro trae es precisamente lo que no nos gusta.
El vínculo con los pensamientos
Otro nivel es la relación con nuestros pensamientos, ideas y creencias.
¿Los pensamientos están a nuestro servicio o nosotros estamos al servicio de ellos?
¿Podemos cambiar de idea? ¿Escuchamos otra perspectiva o defendemos nuestra postura como si definiera quiénes somos?
Muchos de los pensamientos que dirigen nuestra vida no son conscientes. Pertenecen a nuestra familia, nuestra cultura y nuestro sistema. Nos indican qué está bien, qué debemos hacer, qué es posible y qué lugar tenemos permitido ocupar.
La vida revela esos pensamientos a través de situaciones que los ponen en jaque. Y los vínculos cercanos son especialmente eficaces para mostrarlos, porque no podemos apartarnos de ellos sin más.
Cuando aparece una necesidad propia que entra en conflicto con lo establecido por el sistema, surge una tensión. Entonces podemos preguntarnos si aquello que buscamos nace verdaderamente de nosotros o si también responde a una idea heredada: la pareja perfecta, la familia ideal, la unión obligatoria entre hermanos o lo que creemos que un hijo debería hacer.
Los padres, hijos, hermanos y parejas nos muestran nuestras ataduras inconscientes. Ponen en cuestión nuestra moral, nuestras ideas de justicia y aquello que creemos que el otro nos debe.
Por eso, el conflicto vincular puede convertirse en una puerta hacia una mayor conciencia.
El vínculo como camino de transformación
Podemos dejar de relacionarnos con alguien, pero no siempre podemos cortar el vínculo interno. Por eso no necesitamos esperar necesariamente una conversación, una explicación o un pedido de perdón para comenzar nuestro trabajo.
Podemos preguntarnos:
¿Con quién necesito estar en paz?¿Qué despierta este vínculo dentro de mí?¿Qué no puedo aceptar del otro?¿En qué parte me siento abandonada, separada o excluida?¿Qué zona propia no está en paz?
Cuando integramos dentro de nosotros la información que el vínculo trae, el vínculo cambia naturalmente, porque nosotros ya no somos los mismos.
El eje no está en modificar al otro. El eje soy yo, porque soy quien se relaciona con mi madre, mi padre, mis hijos, mis hermanos, mi pareja, el dinero, el cuerpo, las emociones y las circunstancias.
Yo soy quien lleva los dolores no resueltos, los rencores, los enojos, las expectativas y las palabras no dichas. Y también soy quien puede tomar la savia de todo lo que el conflicto vincular trae e integrarlo.
Al nacer, primero existe el otro. Pero cuando la luz de la conciencia empieza a iluminar nuestra vida adulta, el punto de partida somos nosotros.
El vínculo con nosotros mismos es la plataforma desde la cual percibimos, interpretamos y vivimos todos los demás vínculos.
La invitación es a observar:
¿Cómo me vinculo con mi cuerpo y el mundo material?¿Cómo me vinculo con mis emociones?¿Cómo me vinculo con mis pensamientos y creencias?¿Cómo me vinculo con todo lo que la vida me presenta?
Si vamos a permanecer enlazados con nuestra historia, nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestros pensamientos y las personas significativas de nuestra vida, más vale construir con ellos un vínculo de paz.
El primer paso es aceptar lo que es. Desde allí podremos iluminar el vínculo con nosotros mismos y, después, profundizar de otro modo en el encuentro con los demás.

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