Mis dos mitades


Hice un espiral invitada por la tierra, donde justo el agua, la madre que fluye y lleva, venció a la piedra caliza inventando un pasadizo veloz e irresistible hacia el centro de la tierra, hacia el centro de mi centro.

Con las manos en mi vientre solté, tímida, la voz. Penetré en los ojos del hombre sabio, del hombre bueno, del Padre del padre. Es el perdón, me dijo. Perdona tu espada guerrera que hirió, perdona tu grito y tu llanto, tu ignorancia. Perdona tu temible fuego, perdona lo que dudas y vacilas, tu sumisión y vergüenza.

Dale la vuelta al infinito y comprueba que eres uno: de un lado eres hombre, del otro, mujer. Si te paras en el centro saldrás a volar.

Más, necesitas humildad para aceptar que eres poderosa porque traes a dios, pues no importa cuánto ni qué traigas a esta tierra, si no lo aceptas ni lo permites o ni siquiera lo distingues, no podrás salir del laberinto y quedarás atrapada unas vidas en el sol y otras en la luna.

El momento de sanar hondo ha llegado. Usa tus dos mitades, unidas. Cose una a una las células sufridas con hilos de perdón y humildad. Sale luego a expandir las claves para que otros unan las suyas.

Entonces, oirás a los ángeles, relinchar desde el cielo.

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